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ÀnimaBessona

Como nuestro arroyo en frente del hogar y nacimiento de Editorial ÀnimaBessona, que incluso en su crecida guarda el secreto de su cauce, nuestros libros no buscan el estruendo, sino la claridad de quien se atreve a mirar bajo la superfície, ahí donde el pensamiento se libera de toda rienda ajena.  Un fluir que atraviesa el lodo de la manipulación para devolver al lector la soberanía de su propia orilla.

-Xavi del Faune-

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Lectura

En esta sección compartimos los primeros cauces, capítulos y pasajes de los libros que integran el catálogo de ÀnimaBessona. Una invitación a iniciar la travesía, tantear el pulso de la escritura y escuchar cómo suena el pensamiento antes de adentrarse en la obra completa.

       Faunier, no te creo… Vos no, vos no lo harías… Aunque lo hayas hecho de la única manera que vos lo habrías hecho, solo vos. Ni tu forma de ser, ni tu forma de pensar, ni la forma de pensar seducida desde que te “compraste” el alzacuello, ni siquiera tus grandes dudas te podían hacer dudar de que tu vida debería seguir. Vos, vos no, vos deberías seguir aportando… Por favor, despertame de esta pesadilla… Es muy duro seguir, pero tengo que hacerlo, aunque empape de lágrimas todas y cada una de estas páginas.

      Mis padres me pusieron el nombre de Bernadette, Bernadette Calatroni. Bernadette en honor a Nuestra Señora de Lourdes, ya que fue Bernadette quien tuvo las dieciocho apariciones de la Virgen, allá por 1858 en mis queridos por imaginados Pirineos, al sur de Francia. Mis padres eran muy religiosos, creo que esas fueron mis únicas herencias, mi nombre y su educación; bueno, es cierto, la casita del arroyo también. Quizás tuvieron que ver mis padres, sobre todo mi padre, en que Faunier Cruanyes de Canet se ordenara sacerdote; fue la herencia de él a Faunier, pero este es otro tema, aunque alguna vez me he intentado engañar a mí misma discutiéndome si quizás lo habría hecho porque yo lo abandoné, abandoné nuestra relación. Siempre he buscado excusas ante mí, me autoconvencía de que era la mejor decisión y por ello me perdoné mil y una veces… Ahora, ahora después de re-leer sus líneas, jamás, jamás me lo podré perdonar… Quizás estos versos sirvan para redimirme en otra vida…

      Soy momentáneamente escritora, habitualmente policía, en el pasado conocí a Faunier y compartí una época de mi vida con mucha luz. Éramos jóvenes, demasiado jóvenes, tendríamos diecisiete años yo y veinte él cuando nos conocimos. Los dos teníamos exageradamente los pies en la tierra para la edad que teníamos, no sé si eso fue bueno para la relación… Éramos demasiado jóvenes…

      Nací y crecí en Alta Gracia, un pueblecito del interior de Argentina, en la provincia de Córdoba, hace cuarenta y dos años, en una casita humilde cerca del arroyo, pero mi educación fue muy a la italiana pues mis padres formaron parte de la migración del noroeste de Italia al centro de Argentina en 1870, cuando aún no había nacido. Eso fue en 1874. Tuve, como dije, una educación rígida, religiosamente hablando, típica genovesa, cocinada en Riomaggiore, un pueblecito desde donde venían mis padres, todavía más pequeño que Alta Gracia. Quedaba en la provincia de La Spezia, en la región de la Liguria, lugar bellísimo como bello es el paraje de Alta Gracia, al pie de las sierras en forma de herradura en un valle hermoso lleno de árboles a cual más lindo. Pueble-cito del que jamás pienso irme a no ser que la modernidad me empuje a hacerlo… Muchos cambios en estos últimos años, supongo que para bien, pero ya hay demasiada gente a la que no conozco y a la que me da pereza conocer, pensando como policía. Antes era todo más fácil, si sucedía cualquier acto digno de intervenir, sabías o podías saber con comprensión observadora qué había sucedido, todos nos conocíamos. Llegó el ferrocarril, en 1891, algunos automóviles con sus ruidos y, ahora, el casino, llenando las calles de elementos cuanto menos extraños algunos, bien vestidos y son-rientes a todas luces adinerados o en apariencia… Demasiado trabajo teniendo que rascar detrás de esos disfraces quién habrá. Y, voy a decirlo, ¿por qué no? Ya me comprenderán. Después de tantos discursos de los políticos de la provincia asustándonos de que la migración está inundando de tuberculosis nuestro país, una termina pensando que esa perorata casi racista, fomentando odio contra los que vienen de fuera de la región, quizás haya calado un poquito en mi interior.

      La tuberculosis está marcando la vida de la sociedad argentina y en especial la cordobesa, pues al no existir una botica adecuada para la enfermedad, lo que dicen que es más eficiente es el clima, la higiene y la dieta. ¿Qué mejor clima que al cobijo de nuestras sierras con carga de ozono en nuestro valle y sequedad para los enfermos de pecho como Faunier? Eso está haciendo que Córdoba en especial y, para los ricos, Alta Gracia en particular estén siendo objetivo de largas temporadas de vacaciones de salud. Como consecuencia, dichos adinerados invierten en mi Alta Gracia. En lo personal, puede que fuera una aventura… aunque no así lo pensara Faunier. Para él, Alta Gracia era el paraíso de Dios en la tierra, allá donde las penas se convertían en pájaros que venían a comer de su mano y volaban. Su "yo", su alma, siempre viviría en Alta Gracia, solía comentar. Decía: “Qué más puedo pedir si tengo tierra, fuego, aire y agua en un mismo lugar”.

      Eran épocas de relación conmigo. Disculpen, pero me acuerdo una vez que Faunier hizo ese comentario delante de mi madre, que no era tan estricta como mi padre, queriendo sacarle una sonrisa, pero mi padre lo escuchó. Fue la primera y única vez que lo echó de casa: “¡Masón, tú eres un masón!”, le inquirió. Por aquel entonces la masonería había inundado los subterráneos de la Argentina “poderosa”. Al día siguiente comprendí por qué me había enamorado de Faunier, entre alguna que otra cosa. Apareció por casa para disculparse con mi padre, no puedo reproducir qué le dijo, ya que mi padre me mandó a mi habitación, pero cuando salí, estaban tomando un mate y riéndose de cualquier cosa. Eso fue increíble. Nadie, absolutamente nadie era capaz de cambiar una idea a mi padre y allí, Faunier, en el propio terreno de mi padre, en su casa, lo había convencido. Decía que Faunier, aunque no contrario a los avances de la sociedad, sí era obtuso en cuanto a que Alta Gracia los sufriera. Era su lugar en la tierra y a la que tenía miedo que cambiaran, sobre todo el capital, la plata, con la excusa de la expansión y la modernidad.

II

En el barro

Setiembre 2 de 1916, una fecha que jamás se me olvidará. Serían hacia las 8.30 de la mañana, acababa de llegar a la oficina, por decirlo de alguna manera, y me disponía a prepararme un mate. No es una oficina como se podría entender al uso, de hecho, no tiene ni ventana, con lo cual la mezcla de olor a humedad y moho de libros es putrefacta e invita a tomar mates continuamente en el exterior; bueno, más que libros son archivos de papeles que en su mayoría no tienen ninguna función porque lo único que hacen es ser testigos en clave de informes de actos que ha sufrido la villa en cuanto a mi laburo, el de policía, y nada más importante que encontrar al dueño de un perrito perdido o retar a un chupado que está elevando la voz un poquito demasiado. Pero es que acá nunca sucede nada, o no sucedía hasta hace poco… Y eso poco que sucede no lo tengo ni archivado, todo está en-cima de la mesa y no es mi oficina, siquiera una oficina, por-que no tengo privacidad por lo pequeña que es, porque la puerta no cierra y porque creo que eso era el cuartito de guardar las herramientas de limpieza de la municipalidad y porque toda persona que entra en la municipalidad tiene que pasar por delante de ella y evidentemente todos hacen el gesto de ver qué o quién hay dentro. Sí, comparto espacio con la municipalidad y con alguna que otra cucaracha. La policía no ha sido por el momento un tema importante como para adecuarla como se debería a un espacio. O debería escribirlo al revés, la policía no tiene un espacio adecuado como debería.

      Me preparaba un mate, mi momento como muchos durante el día de relax; bueno, el resto de momentos en esa ofi-cina también eran casi siempre de relax…

—¡Bernadette! ¡Bernadette!

Entró desesperadamente sin llamar a mi puerta, inexis-tente y asustándome por sus alaridos.

—¡Alberto! ¡Qué sucede! ¡Por Dios! ¡Me vas a dar un ata-que al corazón!

Me levanté de la silla por el chillido y porque derramé agua casi hirviendo en mis piernas.

—Bernadette, disculpá, pero tenés que acompañarme ur-gentemente.

—¿A dónde, Alberto? ¿Por qué tanta prisa, loquito?

Alberto es un chico de más o menos mi edad, lo conocen todos en el pueblo, porque además del frutero y verdulero de casi todos, es su “correveydile” y suele hacer aspavientos de más. Le encantan los chusmeríos y, como suele compartir con muchas mujeres, se entera de todo. Además, el chico no está nada mal para la media del pueblo; no es que sea muy lindo, pero tiene presencia, me refiero a altura, creo que usa eso para coquetear con todas. Su cabello es rubio, y su tema de conversación preferido, explicar lo que le ha contado la anterior para que le sume cosas a la historia la posterior… Pero sé en definitiva que no es mal chico, aunque sí un poco liante. Alberto se paró teatralmente semirrígido como si le costara decir lo que iba a decir.

—Bernadette, no lo vas a creer —hizo como un ademán de descanso por la descarga verbal sobre mí— pero hay un muerto en la calle.

—¿En la estación de ferrocarril? —deduje porque comenzaban a llegar tuberculosos terminales a la estación desde Córdoba y otras provincias sin recursos y, si no los atendían en el hospital, algunos se refugiaban y morían allá. La estación y el hospital estaban casi pegados.

—No, no, bueno, no muy lejos, cerca del hospital.

—Sí, será un tuberculoso…

Yo seguía con mis conclusiones, no había mucho más en lo que pudiera pensar.

—No creo, no quiero hablar demás, pero yo diría que es un asesinato… No tenía buena facha… —frunció el ceño y apretó los labios mientras movía la cabeza de un lado para otro como negando, mirando hacia el suelo.

—¡Porca miseria! —era una expresión italiana mimetizada continuamente de mis padres.

Me horroricé, casi no me lo creí, pero no le pregunté más, agarré una libreta y un lápiz (no tenía ni cámara de fotografía; hacía más de sesenta años que habían llegado a Argentina, pero la policía de mi pueblo no disponía de ellas), y nos fuimos, en el carro con el cual Alberto hacía el reparto de los enseres, al lugar donde se suponía iba a estar un hombre “asesinado”.

      Recorrimos la distancia entre la oficina y el lugar dónde tenía que estar el cuerpo sin mediar palabra. Alberto ni tan solo arreó al caballo, iba el cuadrúpedo como si supiera el trayecto. Esa distancia se recorre dejando el lago Tajamar a la derecha desde la municipalidad, a unos cien metros de mi oficina, y desde allá todo es camino de arena muy marcado por el paso de los carros, ya casi sin detenerse hasta la estación de ferrocarril, la cual puede que esté más o menos a dos kilómetros; no, menos, creo que a unas cuatro cuadras. Seguramente los dos estábamos atemorizados por lo que íbamos a tener que enfrentar, aunque probablemente por motivos diferentes: él, quizás, por volver a ver algo feo, aunque tendría tema para hablar con sus amigas durante meses; y yo, porque no sabía si sabría conducir adecuadamente ese “enfrentamiento”. Dicho de otra manera, novata en este tipo de sucesos.

      Estábamos llegando y, aunque Alberto era un poco exagerado, incluso a veces apresurado, no tenía por qué desconfiar de lo que me había anticipado que yo vería y que él ya había visto. Eso me hacía sentir que el corazón latía más rápido a medida que llegábamos al sitio anunciado por Alberto, que aún seguía mudo, como yo. Al final del camino en lo alto se definía la estación del ferrocarril de Alta Gracia, imponente para un pueblito de este tamaño. Las sierras quedaban como telón de fondo, como si quisieran desaparecer. Las vías del tren marcaban el horizonte y la estación parecía descansar arriba de ellas. No serían más de las 9:15 de la mañana (aún no había llegado el segundo y último tren del día, que partía de Córdoba a las 10 a.m. y que tenía vía de entrada habitualmente cerca de las 11, tiempo suficiente para ver, analizar, observar y levantar un cuerpo si era necesario, sin que hubiera ojos observando). Reparé en lo lindo que pinta el sol los verdes a esa hora y en lo inadecuado del sitio donde edificaron el casi nuevo hospital Santa María Blanca. Inadecuado porque era un edificio que no coincidía arquitectónicamente con la preciosa estación, hecha con tanta ilusión para recibir al primer tren a finales del siglo pasado, frente al hospital hecho con tan poca ilusión para recibir tísicos. Frío de líneas y con apariencia de poco presupuesto, pero grande para albergar a todos los tuberculosos, por ello el nombre de Santa María Blanca, por la enfermedad blanca. Inadecuado también porque estaba demasiado cerca de la estación, justo detrás (peor hubiera sido justo delante), pero con tanta mala fortuna para la estación, que el hospital era más grande y por tanto aparecía como un ogro por encima de la estación con sus líneas toscas desdibujando al ferrocarril.

      Hay que decir que tiene su lógica. Supongo fue el intendente quien decidió su ubicación, pues todos los tuberculosos, al llegar en tren, no tienen por qué mezclarse con la gente del pueblo, con el riesgo que conllevaría de contagio… Salen del tren, cruzan una vía paralela que hay por detrás de la estación para inmovilizar máquinas dormidas del ferrocarril, y ahí está ese mastodonte esperándolos, sin necesidad de pasar por el centro de Alta Gracia ni tener que saludar a nadie. Es ya una zona inhóspita donde no hay tránsito humano, a no ser que tengas intención de ingresar en el hospital.

      Al llegar a la estación, la rodeamos en paralelo a las vías, dejándola a nuestra izquierda, y sorteándolas, las paralelas, por encima de unas maderas. A unos diez metros había que sortear otras vías que dividían el espacio entre la estación y el hospital. El hospital quedaba de espaldas, pues al otro lado ya solo era bosque; las habitaciones y recepción todas miraban hacia el bosque… Esa zona quedaba muerta a ojos de todo el mundo, como muerta estaba la locomotora que reposaba en esas vías de vía muerta. Nadie reparaba en nosotros; por el lugar, la hora y porque no vimos a nadie. Alberto ahora sí estaba dominando el caballo, haciéndole rodear el hospital por delante y yendo de nuevo detrás, hacia la estación, pero ahora hacia el lado izquierdo, hasta el final de la otra punta del hospital, deteniéndose en la parte posterior, a la izquierda del edificio y casi escondidos por la parte trasera de la locomotora. Ahora la estación nos daba la espalda, nosotros a ella y el hospital a nosotros.

—Ahí está, Bernadette… —Alberto señaló allá, a escasos veinte metros encima de las vías muertas, lo que era un bulto que bien podía ser un cuerpo, o no; era muy oscuro, tanto fue así que parecía carbonizado.

Aún no habíamos bajado del carro. El caballo parecía haber intuido la desgracia, estaba nervioso, era como que sus herraduras no podían quedarse quietas y dejar de “aplaudir” contra el suelo.

—¡Soooooo! ¡Sooooooooo! —Alberto tuvo que repetirse media docena de veces para que El Negro se tranquilizara.

Yo no podía parar mis ojos, iban del cuerpo del muerto al caballo y del caballo al cuerpo del muerto, a ritmo frenético. Es curioso cómo la mente en segundos te desplaza a metáforas tan ajenas, ahora tan cercanas. Al ver ese “cuerpo” carbonizado negro humo y al ver al Negro (el caballo), negro marfil brillante, veía esa metáfora de lo que era la vida misma y, en concreto, en Alta Gracia. Belleza y caos. Luz y oscuridad. Tristeza y felicidad. Amor y depresión. Salud y enfermedad. Antigüedad y modernidad. Ser o no ser. Dios y demonio…

      Alta Gracia comenzaba a convertirse en esa paradoja, un mundo de recreo en el sentido que convirtió plata en diversión y la diversión en una industria provechosa, en plata. Inmensamente provechosa, para ser exactos. Eso destapa las buenas y las malas intenciones de algunos. Es como un mundo alienígena paralelo y que, por tanto, no se cruza con el resto. Por mucho que cambiase la economía en el país y, por ende, en el pueblo, en el casino, por ejemplo, y todo su mundo lo escupen. No les afecta. Ni siquiera la tuberculosis, de momento. ¡Clase privilegiada de asco! ¡Porca miseria! Se-guían viniendo a mi cabeza esas imágenes de pesadilla entrecortada cuando pensaba en qué se podía convertir mi amada Alta Gracia, con todos esos cambios tan bruscos que parecían saltos muy grandes hacia adelante, como los de las ranas sanas, que a veces parecían caer en tierras movedizas ennegrecidas. ¿Sucedió porque a los ricos no les gusta ver tuberculosos?¿Sería un desecho del hospital para evitar contagios? No, no podía ser. Conocía a la forense, me parecía muy profesional en su trabajo, no habría lanzado un cuerpo a la vía… Y no podía ser un cuerpo atropellado por un tren, era una vía muerta… con un muerto. ¡Por Dios!

—¿Bernadette? ¡Bernadette! ¡Bernadette! ¿Algún problema? ¿Bajamos?

—Eeeh, ¡ah! Sí, disculpá, Alberto, estaba pensando si me había olvidado algo… —mentí. ¿Qué podría haberme olvidado?

     La policía no tenía un órgano propio, dependía de la municipalidad y no estaba provista de nada que pudiera ayudar a ningún tipo de investigación… Toda la policía era yo. Bajé del carro con aires muy determinados, como si quisiera demostrar que no me atropellaba lo que íbamos a ver y hacer, pero interiormente me temblaban hasta los riñones. Antes de andar hacia el sujeto-objeto acaricié al Negro, él estaba más relajado, e intenté contagiarme del bello caballo.

—Bien, Alberto, muchas gracias, de verdad te agradezco, pero no te lo tomes a mal, preferiría que te quedaras dán-dole de comer alguna zanahoria al Negro, está nervioso, así lo calmás…

—Señorita Bernadette —nunca me llamó señorita, ahora quería marcar cierta distancia, me miró con ojos irónicos, incrédulos e intentando hacerse un poco el ofendido…—, no soy ningún boludo. No querés que te siga acompañando. No pensaba explicar nada a nadie —ni él se lo creyó—. Pero, bueno, no insistiré.

—Gracias, Alberto, no sabés cómo te lo agradezco, no sería el momento de insistir en perder el tiempo… Sí te agradecería que le des la zanahoria a tu amigo y que no pierdas de vista el lateral del hospital izquierdo, que es por donde puede venir alguien. No dejés que se acerque nadie, por favor.

      Me armé de valor… Seguí empujando mi ánimo para recorrer esos veinte metros de abismo vacío. No iba bebida, pero por si acaso Alberto me estaba mirando, no quería hacer el ridículo y tomé como línea recta para andar hasta el cuerpo-objeto la misma vía, era una sensación extraña, como de ganas de vomitar y mareo, la cara me ardía, algo dentro de mí me daba un mensaje y no sabía qué era. Recuerdo esa sensación de cuando pretendía egresarme y los exámenes se me hacían en mi cabeza como lo más importante del mundo, a vida o muerte, las ganas de ir al excusado eran a cada rato. Acá también había que responder a preguntas que me hacía yo, que me harían. Y acá… no podía fallar. No me pondrían nota, pero las consecuencias podrían ser insospechadas… o, al menos, eso estaba en mi mente.

      Hice de tripas corazón y miré, miré… Solo vi un cuerpo carbonizado, grande, ya casi sin ropa, de color humo negro, olor entre asado de mala calidad ya casi carbonizado hasta las mollejas y aceite de ballena quemadísimo. Pensé que debía dejar de mirar y ponerme a observar, necesitaba la libreta y el lápiz para anotar, me los había olvidado en el carro. Llamé a Alberto para que me lo trajera, vino rapidísimamente, y menos mal. En el tiempo que él tardó en recorrer esos veinte metros, yo observé y me desmayé.

—¡Bernadette! ¡Bernadette! Despertate, despertate, por favor —me dio unas cachetaditas—. ¡Bernadette! ¡No podés hacerme esto!

      Yo lo escuchaba, lloraba con los párpados cerrados, las lágrimas se me escurrían entre las pestañas, me asfixiaba, no quería despertar. Sentía dolor en el alma como jamás había sentido, ni por la muerte anunciada por larga enfermedad de mi madre; dolor, dolor, dolor intenso. Quería chillar y chillaba, pero el dolor del lloro me hacía ahogarme en mi propia voz, no podía soltar ese grito que deseaba, lloraba más dolor. No estaba preparada para todo esto, no estábamos preparados para todo esto. Eso lo sabía, pero no sabía que jamás habría que estar preparada para vivir la muerte de alguien a quien has amado tanto. Yo ahora tenía que ser profesional, despertarme, agarrar el lápiz y tomar notas descriptivas de un cuerpo. Un cuerpo que era de él, de mi amor, de Faunier.

—Bernadette… —masculló Alberto.

—No puede ser, no puede ser… —yo quería evitar seguir llorando, pero no podía, ahora ya con mis ojos achinados queriendo abrirse llenos de agua de tristeza.

—¿Qué no puede ser, Bernadette? ¿Conocés quién era? Disculpá, no quiero molestarte. ¡Pero, por Dios! ¿Quién era? —decía y me sostenía entre sus brazos.

      Resonaba en mi cabeza una última frase de Faunier ayer, que me había dejado pensando, pero no le había preguntado qué significaba, ya que tenía prisa y yo ya conocía a Faunier, podía estar horas hablando del vuelo de una mariposa. Ahora tomaba sentido: 

—“Aquellos a quienes dices proteger ni siquiera saben tu nombre”.

—No te entendí, Bernadette. ¿Podés repetir?

      Yo ya estaba en otra, con mi lápiz y libreta en la mano; no le respondí e intenté hacer mi trabajo describiendo todo.

—Bernadette, ¿querés que avise a la forense? Ella como tiene más trabajo ahora con los tuberculosos, directamente trabaja acá en el hospital. Seguro está… —Alberto parecía poco afectado pues tenía las ideas muy claras, y gracias; yo tenía la mente nublada y mínimamente operante.

—Sí, por favor, y traeme un vaso de agua —le respondí sin mirarlo y metiendo el lápiz por el lugar exacto que me había permitido deducir que era Faunier, su alzacuello.

      Había descartado al cura Vargas, el padre de la iglesia de la Estancia, porque él tenía una constitución física más raquítica y, bueno, yo conocía esa medalla, la que una vez fue mi medalla. Se la regalé el día en que nos dimos el último beso de juventud. Quería que supiera que no me iba por falta de amor, que ese sentimiento siempre estaría ahí, pero necesitaba alejarme, al menos ver la relación un poco a la distancia para descubrirme a mí misma; sí, lo necesitaba y necesitaba equivocarme para volverle a ver. Y me equivoqué.

      Posiblemente la forense podría sacarnos las dudas sobre el cuerpo en sí, sobre su muerte, la causa. Si tras su estudio nos respondía a todo, sería genial. Pero yo debía hacer mi trabajo, mi deber era investigar todo, descartar posibilidades, aportar pruebas. Aprovecharía antes de que vinieran Alberto y la forense a “ensuciar” el terreno. Hacía varias noches que llovía, el barro era protagonista, no quería que hubiera más huellas de las que yo debería observar para anotar todo aquello que aportara algo a la investigación. Tenía que hacerse investigación, porque a simple vista no se podía dar un veredicto de lo que había sucedido y en principio nada era seguro. ¿Acaso un asesinato?

      ¡Porca miseria! Se me hacía difícil concentrarme, demasiadas cosas pasaban por mi cabeza. Tristeza, odio, no sabía qué estaba sintiendo. ¿Por qué? ¿Cómo?¿Quién? Tenía que concentrarme, por Dios. Por momentos, creía, caería en un ataque de nervios. Quería y debía hacer bien mi trabajo. Le pedía perdón a Faunier cada cinco segundos por estar tratándolo como a un laburo; no podía abrazarlo para darle un último adiós, no podía llorar arriba de él, no podía ganar o perder tiempo recordándolo, no podía lamentarme por no haberle dicho todo lo que necesitaba decirle. Quizás el no poder hacer todo eso, que era beneficioso para mí, era bueno para él. Le debía una buena investigación. Eso intenté e in-tentaré hacer con todas mis fuerzas…

—¡Ya estoy acá, Bernadette! Relajate, tomá el vaso de agua primero. María ahora viene, justo acaba de entrar al laburo, se está cambiando.

—Bien, genial, nos ayudará mucho. Aunque sea forense, no sé si habrá visto alguna vez un muerto que no sea por enfermedad o vejez en este pueblo —hice un ademán de acercarme a Alberto—. Te voy a pedir un favor, no mirés hacia atrás; ahora sin hacer gestos ni miradas, volvés por dónde viniste y por si se va, fijate a ver si conocés a una mujer que está en la ventana grande del extremo izquierdo del hospital, en el lateral. Está camuflándose. Ha estado un buen ratito observándonos. Si no la conocés, yo no puedo dejar solo a Faunier, fijate quién es, va con uniforme de enfermera. Yo ahora no puedo ir, si lográs encontrarla, le decís que no se vaya a ningún lado, que necesito hacerle algunas preguntas…

—¿Creés que es la asesina? —estaba curioso Alberto.

—No lo sé. Quizás puede haber visto algo. ¡Ah! Decile que no cuente nada hasta que no haya hablado conmigo. ¡Y vos tampoco!

—Bernadette, ¿acaso no me conocés?

—Sí, Alberto, por si acaso… Ni siquiera comentés nada con ella. Preguntale dónde vive y nombre. ¡Dale! ¡Rápido, antes de que se vaya!

Alberto giró sobre sus propios pasos e inició el camino de vuelta al hospital.

—¡Un segundo, Alberto! Preguntale también qué horarios y turnos hace en el hospital, creo que debe trabajar ahí.

III

Yo, Faunier

(YO Y MI –YO)

 

No sé si primero es la Verdad en mayúsculas y las grandes ideas después, o primero son las grandes ideas y luego viene la Verdad. Para mí van de la mano, pero tatuada en mi mente está que esas grandes ideas siempre deben expresarse con la misma y única palabra, Verdad.

      Debemos purgarnos, sí, pero de todas las mentiras absurdas. Estoy constantemente en el desafío de esa serpiente de ondulaciones de la Fe, pero aparezca o desaparezca, crezca o decrezca, la curva vaya a izquierda o hacia la derecha, se mantiene el denominador común de ser fiel, fiel a uno mismo y a la Verdad, aunque me suponga vivir señalado. Otra cosa sería falsear la realidad. Dios nos hizo terrenales, nosotros vivimos en la realidad. Esa es la verdad. Descansaré en la Verdad, y en la Verdad no escrita… de Dios.

IUS OSCULI 

Capítulos 1 al 3

I

Bernadette

 

Me pregunto por qué no aprendemos de la historia. ¿Acaso Dios tiene favoritismos? No entiendo por qué esta muerte. No tiene sentido… No, no tiene sentido. No tocaba llorar ahora. ¿Por qué? ¿Por qué llorar ahora? No soy persona de compromisos con el mundo, ni siquiera conmigo misma. Aunque esto no es un compromiso y tampoco una promesa. Nadie se había imaginado este desenlace, por lo tanto no podía existir una promesa de mi parte ni un pedido de su parte. Pero se lo debo a alguien que en algún momento quise, y mucho… Ahora siento que más. No voy a permitir que su obra quede inacabada. Quizás no soy la persona ade-cuada, pero en este momento sí. No soy escritora, ni lo seré. Terminaré su obra. Perdoname, Faunier, Faunier Cruanyes de Canet. Mi amor… Sí, mi amor.

      Este papel en blanco es un muro alto, muy alto, y no por-que las dificultades estén en el papel, están en mi mente. Hay muchos recuerdos a los que enfrentarme. Siento que el amor, el amor triste, me aísla de la inspiración.

      Me voy a presentar, lo justo para no aburrirlos y porque no quiero ser importante en esta historia; quizás solo como un juez que imparte justicia explicando lo que alguien ha querido evitar que Faunier explicara, quizás solamente una policía escribiendo un informe de lo sucedido objetivamente pero queriendo llegar al fondo de la cuestión porque transgredió de mi oficio a una cuestión personal, quizás una abogado de parte, quizás como esa persona que ama y a la que el futuro le ha jugado una mala pasada obligándola a que-dar en el pasado y sin ganas de presente, quizás como alguien que no quiere creer y no acepta su suicidio…

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